martes, 14 de octubre de 2014

xxx de febrero / Sobre la trascendencia y los vampiros capitalistas




Fuimos al cine ayer. Esta vez al local-comercial-del-centro-comercial. Un lugar que odio. Todas esas carteleras de plástico brillante y niños llorando. Compramos cotufas con mucha mantequilla derretida aunque es algo que invariablemente me llena de sensaciones contradictorias. Me gusta el sabor salado de la mantequilla. Pero detesto cuando la grasa se me queda embarrada en las manos. El día antes habíamos ido al cine con espíritu de Squirrell Hill. Un cine con un pequeño bar lleno de sillas y muebles tallados a mano. Muebles antiguos. El espíritu se abre en el trabajo de tallado de los artesanos del pasado. Muebles tallados varias décadas atrás. Tomamos una cerveza sentados en un sofá forrado de tela aterciopelada. El color vino oscuro de los asientos. En el cine comercial lo más que puedes hacer es estar de pie ante un mostrador de fórmica rosada, esperando por una pepsicola de dieta. El señor que nos vendía la entrada empezó a tartamudear de manera extraña. Cuando nos sentamos en las sillas estaban pasando un comercial armado de tomas de muchos hombres estadounidenses, probablemente, originarios de pueblos rurales. Algunos parecían vaqueros y llevaban prendas que me recordaban a la palabra kitsch. Me impresionaron especialmente esos raros sujetadores de cuello de camisa con cabezas de vacas vaciadas en metal, pendiendo de tiras de cuero. Todos se llamaban Ronald MacDonald y recomendaban la comida de Taco Bell. 

La música de fondo era rápida y horrenda. 

Vimos “Trascendence” porque era lo único que no habíamos visto. Lo único que no fuera "Spiderman". Lo único más o menos interesante que se estaba proyectando en la ciudad según las carteleras reproducidas en los periódicos. Un tal Wally Pfister se presentaba en su debut como director. Fue mala. Pero me hizo pensar en algunas cosas importantes.
Luego de la exposición de Dr Will Caster sobre su proyecto para crear una inteligencia artificial que por medio de ciertos procesos tecnológicos prodigiosos regeneraría el planeta de manera continua -hasta convertirlo en un lugar sin contaminación, sin enfermedades, sin mortalidad humana- un fanático miembro del grupo extremista Revolutionary Independence From Tecnology le pregunta si acaso está intentando crear un nuevo dios, entonces Will Caster contesta de manera lacónica que los humanos siempre lo han hecho de ese modo. 

El hombre siempre crea un espacio para dios, la utopía.Un espacio de proyecciones, relatos míticos. El lugar del deseo, de lo sublime, de lo que mueve. 

En estos días comenté en mi Facebook que lo que le faltaba a la MUD, la coordinadora democrática de la oposición, no era otra cosa que esa. Necesitaba un relato de armonía bajo el cual todos pudieran ampararse. De dónde vienen y hacia dónde van. ¿Qué los une? ¿Por qué trabajan juntos? Durante el siglo XX los socialdemócratas lo lograron a través de la creación de metáforas sobre la defenestración de los centauros y la cultura “café con leche” institucionalmente mestiza. Sin embargo, siempre se tendía al mestizaje blanqueador, al interior del cual los rasgos diferenciados de la cultura indígena y afrodescendiente se desvanecían.  

                                                    *

El día antes también fui al cine a ver la película de vampiros de Jim Jarmusch. Fue increíble. Pensé que esos vampiros eran vampiros capitalistas. Me hicieron recordar las teorías de Bernard Stiegler. Su ecología del espíritu. Mantener el capitalismo transfigurándolo. El instinto más básico es alimentarnos de la sangre del otro. Digo esto y la verdad es que soy una pseudo-vegetariana impenitente. Pero entiendo que ese es el inicio del mundo, del instinto. La voluntad que diriges a conseguir la sangre del otro. Esa sangre encarna en cualquier cosa que pueda ofrecerte al menos un mínimo grado de jouissance
Los vampiros toman la sangre que compran por porciones debidamente empacadas por especialistas del ramo de la salud. Siempre resguardada en bolsas con logos de farmacia. Ellos intentan vencer la necesidad de asesinar humanos para succionar su sangre. Intentan comprar la sangre sin manchar sus manos o sus historiales. Saben que cometer un crimen en los tiempos que corren es más arriesgado. La policía cuenta con toda la tecnología necesaria para rastrear a los culpables. 

Cuando los vampiros toman la sangre, una expresión inmaculada de placer se abre en sus rostros. Es purísima. 

Es una imagen del consumo. Pero, también, representa un punto en la cúspide de la circulación de la energía libidinal. La succión vampírica sustituye la posesión sexual. Y por eso ese inalcanzable clímax en sus rostros. Pero también representa el último estadio de la cadena del deseo puesto en marcha y satisfecho. 

La mujer vampiro conmina a su esposo a no emplear su tiempo en pensar en los impulsos autodestructivos, recomienda usar esa energía para pensar en cosas hermosas, 

para meditar, para bailar. 

Ella tiene la cabellera muy blanca. Parece un hada del bosque vestida a la moda New Age fusionada con la guerra de las galaxias.
Los vampiros están vinculados con intensidad a la historia del pensamiento. Tienen una pared cubierta de fotografías de escritores, músicos y figuras importantes de siglos pasados. 

Franz Kafka está dispuesto en un lugar muy visible.

Los vampiros orquestan recorridos por ruinas históricas. Han vivido durante muchos siglos,

superaron la inquisición y ahora tocan guitarras eléctricas. 

Sus memorias almacenan un imaginario de siglos. Uno de los vampiros es un poeta inglés que supuestamente perdió la vida hace cinco siglos durante una trifulca en una cantina. Christopher Marlowe. La mujer vampiro viaja con un maletín lleno de libros escritos en todos los idiomas, entre las crónicas históricas y los libros antiguos resaltan The infinite Jest de David Foster Wallace y Don Quijote de Miguel de Cervantes. 

Son vampiros marcados por el consumo capitalista. 
El capital es trabajo muerto que no sabe como alimentarse -como los vampiros- más que succionando trabajo vivo. 
Sacia su apetito al costo de la vida.

Los vampiros de la película tienen mucho dinero en efectivo, fajas de dinero en efectivo que ofrendan dadivosamente a sus empleados. Viven en los tiempos orgiásticos del capital. Los vampiros son vida que emerge de la muerte que necesita más muerte para continuar siendo vida. Marx hablaba de las fábricas como “casas del terror”. Los vampiros New Age pasan por encima de esta posibilidad, sus empleados protestan al ser excesivamente bien pagados. Un sentimiento de culpa que transfigura los mecanismos de adquisición. Ecología del espíritu. La misma entidad capitalista pero embellecida, atemperada, pacificada.   



No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada