viernes, 30 de enero de 2015

"Será" de La vida Boheme






El primer disco de La Vida Boheme no me gustó. Eso de salir a tocar con la ropa y los rostros salpicados de pintura me parecía demasiado teatral. Pero teatral de la mala manera. La dramática puesta en escena de los pintores que probablemente nunca han pintado, que solamente han puesto las manos en un frasco de pintura para derramársela encima. El último disco “Será” me causó la sensación opuesta. Me golpeó la certeza de estar ante algo auténtico. Me golpeó como golpean las piedras o las cachas de revolver, con esa solidez inesperada que introduce al mundo de la materialidad absoluta. La consistencia de la piedra o el revolver se refunde con la fragilidad del propio cuerpo. Te transporta a una tierra baldía del dolor, en la que puedes ser lo que golpea y lo golpeado a un mismo tiempo. El disco me causó una honda impresión. O, más bien, fue como un reconocimiento de esa impresión. Como si la impresión estuviera desde antes en mí y fuera saliendo a flote con el beat de la música. Ratas caminando en las venas atraídas por una flauta encantada. Y esas ratas respirando en mi interior, derramándose hacia la superficie, eran a un mismo tiempo piedras y cachas de revolver y cosas muy sólidas golpeando. Piedras y cachas de revolver con dientes afilados, patas y colas. Muy parecidas a las estampas contrahechas de los tatuajes mediocres: dragones con lenguas en formas de daga que recuerdan a electrodomésticos apócrifos. 
En fin, 
lo que respiraba y lo que no respiraba conformaba un cuerpo monstruoso que me desbarataba la cabeza pero que, no obstante, también me acariciaba las heridas. No sé si logro explicarme. El tono medio plástico del primer disco se purificó en la experiencia. Cuando escucho "Radio Capital", uno de sus primeros singles, es difícil no sentirme un poco aburrida por la letra demasiado ligera. No se trata de simple ligereza. Nada más ligero que la música que se ha venido componiendo durante las últimas décadas. El problema es que no percibo ningún doblez en esa superficialidad. Ninguna grieta que me lleve a imaginar otro nivel de significado. Hablar de fiestas y cortes de cabello solo podría engastarse en la teoría del iceberg -o de la omisión- de Hemingway. Un deliberado retrato de los elementos más superficiales que elude a toda costa el reflexionar de manera explícita sobre lo que subyace. La huella de esta teoría se percibe a menudo en las obras como pura deriva intuitiva, sin planificación previa o aplicación concienzuda. Es casi ley natural en el reino de las imágenes que lo más profundo solo pueda aparecer revelado en lo más trivial. 
Pero aclaro: no creo que las canciones tengan que tratar de temas objetivamente importantes. Digamos simplemente que creo que tienen que tratar de temas subjetivamente importantes. Es la manera en que logran hacer click en nosotros. 
En el segundo disco no percibo nada que pueda desmoronarse. Veo la sombra de las canciones, reflejadas en las paredes, proyectando figuras, sacudiéndose el polvo, en el ático de mi memoria. 
Porque lo sombrío configura el corazón de este disco. 
Su centro. La energía oscura que emana del cuerpo territorial de Venezuela y que nos imanta a todos nosotros, con nuestros intercambios y mudanzas. No importa cuántos escapes reales o imaginarios protagonicemos. En la interpretación de este diario performance del naufragio de los referentes de una vida posible en Venezuela nos vamos deshaciendo. Somos apenas páginas de crónicas rojas deshaciéndose a la intemperie, páginas que no cuentan con la mínima redención que podría otorgarles el archivo o la erección de estatuas a “la víctima desconocida” exterminada por el orden macabro de nuestra cotidianidad. En el pasado todos estábamos sujetos al efecto estremecedor de la telaraña. La política como un deporte extremo y televisado, sujeto a la inminencia del desastre. El país se quebraba las piernas dando saltitos olímpicos. En esa telaraña, suspendida sobre la eternidad, saltábamos más de una veintena de millones de venezolanos. Nos reconocíamos sujetos a un destino tan fantástico como tenebroso. Al estilo de un cuento de Edgar Allan Poe. La telaraña estaba constantemente a punto de desplomarse. Sin embargo, siempre, nunca quedaba muy claro cómo, lograba salvarse a último minuto. Un nuevo partido, un nuevo eslogan, una nueva campaña publicitaria, un nuevo rostro, un nuevo préstamo al Fondo Monetario Internacional. Era parte de la secuencia. Pero algo cambió de manera repentina. La mala vibra se multiplicó y expandió con la intensidad de una bomba H. Todas las estadísticas se fueron en alza, extendiendo sus líneas rojas, sus dedos punteados, intentando alcanzar la muerte.  
Y 28 millones permanecemos flotando sobre las montañas, entre la selva tropical, como ahorcaditos de tinta. 
Ahora, 
esa sensación de impotencia ante todo lo terrible que nos pasa 
cruza el arco del cielo y el tiempo, como una estadística envenenada, emponzoñando nuestra visión del futuro, dibujando vívidamente en nuestro interior ese presentimiento de que algo horrible nos continuará pasando. Entonces es cuando viene el mareo o esa especie de náusea existencialista atada a lo menos existencialista de la existencia: la necesidad de sobrevivir. Es un presentimiento traidor por extremadamente básico. Respira cuando respiras.  
Pero esta armonía de la mímesis es un fraude. Ese presentimiento te arrebata el aire hasta dejarte boqueando. 
Solo queda esa sensación, imprecisa, irresoluta, aunque abismal en su manera de estar presente, de que el país se fue a la mierda. 
Eso es lo que reconozco en “Será”. 
De manera acertadísima abren el disco con una canción titulada “Cementerio del Este / Cementerio del Sur”. La primera frase "Cerquen la autopista y nadie más entre / Que siga creciendo el cementerio del Este” compendia esa sensación de parálisis que domina el cuerpo de la nación. La manera en que el país se cierra en su propia esterilidad. Reemplazamos un país en vías de desarrollo por un país en vías de in-desarrollo. Ha sido una caída aterradora. La muerte ha empezado a bosquejar cada espacio. No en vano Caracas ocupa el número 2 en el ranking mundial de ciudades con más muertes violentas al año. Un aura de muerte y destrucción nos empieza a dibujar en un thriller de horror y suspenso. Por eso la letra de la canción, no sin cierto dejo de ironía, invita a convertir la ciudad entera en un inmenso cementerio:

"Qué útil será el luto cuando se vuelva perenne, 
¡unamos el Cementerio del Sur y el Cementerio del Este! 
La Cota será un santuario de flores que nos acerquen,
¡unamos el Cementerio del Sur y el Cementerio del Este!"

Es interesante porque señala una de las más visibles fracturas de la ciudad. El cementerio del este es el cementerio en donde son enterrados los caraqueños de los más altos estratos sociales, mientras que el cementerio del sur, ubicado en el oeste de la ciudad, es el cementerio que tradicionalmente corresponde a los estratos sociales más bajos. En esta disposición funeraria de los cadáveres se revela el mapa de clase de la ciudad: las clases acomodadas en vida tienden a asentarse en el este y las más desfavorecidas en el oeste. Los caraqueños son enterrados perpetuando este manifiesto apartheid. Así es como "ser del este” o “ser del oeste” comporta ciertas implicaciones casi ineludibles. Los caraqueños acostumbran a identificarse a sí mismos o identificar a otros con estas etiquetas. Ellas pueden funcionar como excusa, explicación o insulto. Cuando escuchas a una persona diciendo que otra “es del este” muchas veces intenta significar que esta última no sabe "como es todo" fuera del ghetto verde. Cuando escuchas a alguien diciendo que otro “es del oeste” a menudo quiere decir que el susodicho ha aprendido a vivir bajo la ley de los gatillos locos. Lo más sugestivo en la canción de La vida boheme es que estos dos extremos de la ciudad aparecen finalmente unidos en la muerte. Unidos en el luto eterno. 
La escritura de las letras alcanza cierta profundidad poética. Es una poesía cotidiana. Lavada. Purificada por la precariedad de la ciudad. Un paisaje de Cabré desvencijado. En la canción "El mito del progreso/La vida mejor” encontramos una imagen que puede servir como ejemplo de lo que vengo diciendo:
"Antena del Cafetal, ¿qué soledad te hizo tan alta?”
Una visión muy gráfica. Las verdes colinas del este de la ciudad aparecen transfiguradas por ciertos signos de la modernidad. Es posible también que se trate de una alegoría, que hable de la soledad de una zona privilegiada. Un enclave verde rodeado por los cordones de marginalidad. Una zona de excepción. Un lugar en el que los techos no se derrumban cada vez que llueve. Es posible también que señale el onanismo de buena parte de la población del cafetal. Tan inmarcesible. Tan encerrada allá arriba. Tan sumergida en el imaginario de los canales de cable MTV, ESPN, SONY, HBO como poetas de las selfies en sus torres de marfil. El título de esta canción apunta a desacralizar al “progreso”. Sin duda, el nudo gordiano de nuestro imaginario realmente compartido. Un tropo encerrado a cal y canto en nuestro discurso político. Uno de los pocos referentes que pobres y ricos realmente compartimos. Para algunos parece estar remitiendo más directamente a la campaña para las elecciones presidenciales de Capriles Radonski que tenía como eslogan “Súbete al autobús del progreso”. 
 En este orden de cosas, si ese fuera el caso, creo que el vocalista de La vida Boheme acierta cuando pregunta, 
"¿Cómo va a ser la vida mejor?
Yo pregunté, nadie respondió." 
Es una lectura muy lúcida. 

martes, 14 de octubre de 2014

Coda escrita en octubre




Guillermo, luego de haberle leído el fragmento sobre la receta de arroz con calabacines, me corrigió cuando dije que se trataba de mi diario. Guillermo habló de versiones de un diario. Como si la autencidad de algo como un diario pudiera ser puesta en duda. Le dije que todo lo que le pasaba es que ahora se había convertido en un personaje de ese diario que ahora él estaba obligado a negar. Ahora era un personaje de mi escritura. Le pregunté si estaba asustado por el control que puedo tener sobre su imagen. Se reía como queriendo desmentir mis precisiones. Lo cierto es que odia la zanahoria de manera irracional. No se trata de versiones de una realidad. 
Es la realidad. 



27 de febrero / Entre Pola Negri, la vampira capitalista, y Lindonéia, la desaparecida



Pola Negri representa la imagen clásica e indiscutida de la vampira capitalista. Pola Negri suplicante. Cuando hace papel de gitana, se interesa ardientemente por los nuevos personajes masculinos que aparecen a su alrededor. Persigue al comerciante de las telas porque lo ve y le parece irresistible. El hombre intenta detener sus ímpetus. Parece que flaquea. Ella se esfuerza en seducirlo, en apoderarse de su imagen, de su energía. En la expresividad cómica de la estética de las películas mudas se enriquece el gesto del ofrecimiento. Pola Negri hace brillar el gesto. Es blanquísima, con ojeras oscuras, desvaneciéndose de deseo, suplicante, en pose de entrega dramática. Cuando el comerciante la rechaza ella entra en el horror. El rechazo la hace actuar de manera desproporcionada.
A Pola no le importa demostrar cuánto se muere. 
Esta escena no forma parte, desde luego, del imaginario de las películas contemporáneas. El desencadenamiento del deseo no puede ser comprendido en un paisaje ausente de deseo. Todos estamos tan preocupados de no contagiarnos ningún mal, de ser políticamente correctos, de no invadir el espacio personal del otro, de no parecer demasiado desesperados,

de aparecer ceñidos a una apretada y exclusiva deriva solipsista.
Pienso entonces en aquella deriva solipsista, esa costumbre mía de escuchar una sola canción durante toda la eternidad. En algún momento fue “Someday” de The Strokes. El disco se dañó de tanto que puse a repetir la misma canción. Este año el disco de Tropicalia ha sido muy importante. Porque siento cierta solidaridad con lo que se describe en las canciones. La canción que toco sin cesar es Lindonéia, con esa imagen que me golpea tan dolorosamente, esa de los cachorros atropellados y muertos en las avenidas. Y la deriva solipsista por primera vez deviene en un destellante sentido de lo comunitario. 

Na frente do espelho
Sem que ninguém a visse
Miss
Linda, feia
Lindonéia desaparecida

Despedaçados
Atropelados
Cachorros mortos nas ruas
Policiais vigiando
O sol batendo nas frutas
Sangrando
Oh, meu amor
A solidão vai me matar de dor

Lindonéia, cor parda
Fruta na feira
Lindonéia solteira
Lindonéia, domingo
Segunda-feira

Lindonéia desaparecida
Na igreja, no andor
Lindonéia desaparecida
Na preguiça, no progresso
Lindonéia desaparecida
Nas paradas de sucesso
Ah, meu amor
A solidão vai me matar de dor

No avesso do espelho
Mas desaparecida
Ela aparece na fotografia
Do outro lado da vida
Despedaçados, atropelados
Cachorros mortos nas ruas
Policiais vigiando
O sol batendo nas frutas
Sangrando

Oh, meu amor
A solidão vai me matar de dor
Vai me matar
Vai me matar de dor

Sé que suena muy cursi. Pero varias veces durante este semestre, cuando he entrado a mi salón de clases y he visto a todos mis alumnos de pregrado, y los he visto tan jóvenes, despreocupados e inocentes, pienso en los estudiantes de mi país, pienso en lo jóvenes que son ellos también.
Me vienen a la mente esas imágenes que flotan en las redes sociales, los visualizo baleados de perdigones, encapuchados en las calles.