La tradición de
bailes de animales se remonta a los apuntes de crónicas de indias sobre las
costumbres de los indios cumanagotos. El imaginario del folklore venezolano cuenta con el baile del pájaro guarandol, del Carite y la lancha Nueva Esparta y hasta el
baile del Chiriguare, monstruo deforme radicado en la popular laguna de
Campoma. El gabán tacateño tiene el baile del pescado. Wilfrido Vargas en los
ochentas tuvo el baile del perrito. Recuerdo que mis compañeros de la primaria bailaban en las fiestas de cumpleaños el baile del perrito. En un pasaje del libro recopilatorio de crónicas de indias editado por la Academia de la Historia, este baile de los cumanagotos aparece hermosamente
descrito. Es dibujado como una representación teatral en la que los miembros de la
comunidad desempeñaban distintos papeles. Algunos hacían las veces que pescaban, otros que
lloraban, otros mímicas de animales. Representaban las facetas de la
cotidianidad. El baile de los animales era tan importante como el baile de Moby
Dick que representé en Massachusetts en el verano pasado. El baile de las
ballenas blancas encalladas en el agua helada. Nubes grises entre las algas y las rocas, nadando a temperaturas inverosímiles. Inéditas. Pero el agua. Siempre el agua.
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martes, 14 de octubre de 2014
xxx de febrero / Sobre la trascendencia y los vampiros capitalistas
Fuimos al cine ayer. Esta vez al local-comercial-del-centro-comercial. Un lugar que odio. Todas esas carteleras de plástico brillante y
niños llorando. Compramos cotufas con mucha mantequilla derretida aunque es
algo que invariablemente me llena de sensaciones contradictorias. Me gusta el sabor
salado de la mantequilla. Pero detesto cuando la grasa se me queda embarrada en
las manos. El día antes habíamos ido al cine con espíritu de Squirrell Hill. Un
cine con un pequeño bar lleno de sillas y muebles tallados a mano. Muebles
antiguos. El espíritu se abre en el trabajo de tallado de los artesanos del
pasado. Muebles tallados varias décadas atrás. Tomamos una cerveza sentados en
un sofá forrado de tela aterciopelada. El color vino oscuro de los asientos. En
el cine comercial lo más que puedes hacer es estar de pie ante un mostrador de
fórmica rosada, esperando por una pepsicola de dieta. El señor que nos vendía
la entrada empezó a tartamudear de manera extraña. Cuando nos sentamos en las
sillas estaban pasando un comercial armado de tomas de muchos hombres estadounidenses, probablemente, originarios de pueblos rurales. Algunos parecían vaqueros y llevaban prendas que me recordaban a la palabra kitsch. Me impresionaron especialmente esos raros sujetadores de cuello de camisa con cabezas de vacas vaciadas en metal, pendiendo de tiras de cuero. Todos se llamaban Ronald
MacDonald y recomendaban la comida de Taco Bell.
La música de fondo era rápida y horrenda.
Vimos “Trascendence” porque era lo único que no habíamos visto. Lo único que no fuera "Spiderman". Lo único más o menos interesante que se estaba proyectando en la ciudad según las carteleras reproducidas en los periódicos. Un tal Wally Pfister se presentaba en su debut como director. Fue mala. Pero me hizo pensar en algunas cosas importantes.
Luego de la exposición de Dr Will Caster sobre su proyecto para crear una inteligencia artificial que por medio de ciertos procesos tecnológicos prodigiosos regeneraría el planeta de manera continua -hasta convertirlo en un lugar sin contaminación, sin enfermedades, sin mortalidad humana- un fanático miembro del grupo extremista Revolutionary Independence From Tecnology le pregunta si acaso está intentando crear un nuevo dios, entonces Will Caster contesta de manera lacónica que los humanos siempre lo han hecho de ese modo.
El hombre siempre crea un espacio para dios, la utopía.Un espacio de proyecciones, relatos míticos. El lugar del deseo, de lo sublime, de lo que mueve.
En estos días comenté en mi Facebook que lo que le faltaba a la MUD, la coordinadora democrática de la oposición, no era otra cosa que esa. Necesitaba un relato de armonía bajo el cual todos pudieran ampararse. De dónde vienen y hacia dónde van. ¿Qué los une? ¿Por qué trabajan juntos? Durante el siglo XX los socialdemócratas lo lograron a través de la creación de metáforas sobre la defenestración de los centauros y la cultura “café con leche” institucionalmente mestiza. Sin embargo, siempre se tendía al mestizaje blanqueador, al interior del cual los rasgos diferenciados de la cultura indígena y afrodescendiente se desvanecían.
*
El día antes también fui al cine a ver la película de vampiros de Jim Jarmusch. Fue increíble. Pensé que esos vampiros eran vampiros capitalistas. Me hicieron recordar las teorías de Bernard Stiegler. Su ecología del espíritu. Mantener el capitalismo transfigurándolo. El instinto más básico es alimentarnos de la sangre del otro. Digo esto y la verdad es que soy una pseudo-vegetariana impenitente. Pero entiendo que ese es el inicio del mundo, del instinto. La voluntad que diriges a conseguir la sangre del otro. Esa sangre encarna en cualquier cosa que pueda ofrecerte al menos un mínimo grado de jouissance.
Los vampiros toman la sangre que compran por porciones debidamente empacadas por especialistas del ramo de la salud. Siempre resguardada en bolsas con logos de farmacia. Ellos intentan vencer la necesidad de asesinar humanos para succionar su sangre. Intentan comprar la sangre sin manchar sus manos o sus historiales. Saben que cometer un crimen en los tiempos que corren es más arriesgado. La policía cuenta con toda la tecnología necesaria para rastrear a los culpables.
Cuando los vampiros toman la sangre, una expresión inmaculada de placer se abre en sus rostros. Es purísima.
Es una imagen del consumo. Pero, también, representa un punto en la cúspide de la circulación de la energía libidinal. La succión vampírica sustituye la posesión sexual. Y por eso ese inalcanzable clímax en sus rostros. Pero también representa el último estadio de la cadena del deseo puesto en marcha y satisfecho.
La mujer vampiro conmina a su esposo a no emplear su tiempo en pensar en los impulsos autodestructivos, recomienda usar esa energía para pensar en cosas hermosas,
para meditar, para bailar.
Ella tiene la cabellera muy blanca. Parece un hada del bosque vestida a la moda New Age fusionada con la guerra de las galaxias.
La música de fondo era rápida y horrenda.
Vimos “Trascendence” porque era lo único que no habíamos visto. Lo único que no fuera "Spiderman". Lo único más o menos interesante que se estaba proyectando en la ciudad según las carteleras reproducidas en los periódicos. Un tal Wally Pfister se presentaba en su debut como director. Fue mala. Pero me hizo pensar en algunas cosas importantes.
Luego de la exposición de Dr Will Caster sobre su proyecto para crear una inteligencia artificial que por medio de ciertos procesos tecnológicos prodigiosos regeneraría el planeta de manera continua -hasta convertirlo en un lugar sin contaminación, sin enfermedades, sin mortalidad humana- un fanático miembro del grupo extremista Revolutionary Independence From Tecnology le pregunta si acaso está intentando crear un nuevo dios, entonces Will Caster contesta de manera lacónica que los humanos siempre lo han hecho de ese modo.
El hombre siempre crea un espacio para dios, la utopía.Un espacio de proyecciones, relatos míticos. El lugar del deseo, de lo sublime, de lo que mueve.
En estos días comenté en mi Facebook que lo que le faltaba a la MUD, la coordinadora democrática de la oposición, no era otra cosa que esa. Necesitaba un relato de armonía bajo el cual todos pudieran ampararse. De dónde vienen y hacia dónde van. ¿Qué los une? ¿Por qué trabajan juntos? Durante el siglo XX los socialdemócratas lo lograron a través de la creación de metáforas sobre la defenestración de los centauros y la cultura “café con leche” institucionalmente mestiza. Sin embargo, siempre se tendía al mestizaje blanqueador, al interior del cual los rasgos diferenciados de la cultura indígena y afrodescendiente se desvanecían.
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El día antes también fui al cine a ver la película de vampiros de Jim Jarmusch. Fue increíble. Pensé que esos vampiros eran vampiros capitalistas. Me hicieron recordar las teorías de Bernard Stiegler. Su ecología del espíritu. Mantener el capitalismo transfigurándolo. El instinto más básico es alimentarnos de la sangre del otro. Digo esto y la verdad es que soy una pseudo-vegetariana impenitente. Pero entiendo que ese es el inicio del mundo, del instinto. La voluntad que diriges a conseguir la sangre del otro. Esa sangre encarna en cualquier cosa que pueda ofrecerte al menos un mínimo grado de jouissance.
Los vampiros toman la sangre que compran por porciones debidamente empacadas por especialistas del ramo de la salud. Siempre resguardada en bolsas con logos de farmacia. Ellos intentan vencer la necesidad de asesinar humanos para succionar su sangre. Intentan comprar la sangre sin manchar sus manos o sus historiales. Saben que cometer un crimen en los tiempos que corren es más arriesgado. La policía cuenta con toda la tecnología necesaria para rastrear a los culpables.
Cuando los vampiros toman la sangre, una expresión inmaculada de placer se abre en sus rostros. Es purísima.
Es una imagen del consumo. Pero, también, representa un punto en la cúspide de la circulación de la energía libidinal. La succión vampírica sustituye la posesión sexual. Y por eso ese inalcanzable clímax en sus rostros. Pero también representa el último estadio de la cadena del deseo puesto en marcha y satisfecho.
La mujer vampiro conmina a su esposo a no emplear su tiempo en pensar en los impulsos autodestructivos, recomienda usar esa energía para pensar en cosas hermosas,
para meditar, para bailar.
Ella tiene la cabellera muy blanca. Parece un hada del bosque vestida a la moda New Age fusionada con la guerra de las galaxias.
Los
vampiros están vinculados con intensidad a la historia del pensamiento. Tienen
una pared cubierta de fotografías de escritores, músicos y figuras importantes
de siglos pasados.
Franz Kafka está dispuesto en un lugar muy visible.
Los vampiros orquestan recorridos por ruinas históricas. Han vivido durante muchos siglos,
superaron la inquisición y ahora tocan guitarras eléctricas.
Sus memorias almacenan un imaginario de siglos. Uno de los vampiros es un poeta inglés que supuestamente perdió la vida hace cinco siglos durante una trifulca en una cantina. Christopher Marlowe. La mujer vampiro viaja con un maletín lleno de libros escritos en todos los idiomas, entre las crónicas históricas y los libros antiguos resaltan The infinite Jest de David Foster Wallace y Don Quijote de Miguel de Cervantes.
Son vampiros marcados por el consumo capitalista.
El capital es trabajo muerto que no sabe como alimentarse -como los vampiros- más que succionando trabajo vivo.
Sacia su apetito al costo de la vida.
Los vampiros de la película tienen mucho dinero en efectivo, fajas de dinero en efectivo que ofrendan dadivosamente a sus empleados. Viven en los tiempos orgiásticos del capital. Los vampiros son vida que emerge de la muerte que necesita más muerte para continuar siendo vida. Marx hablaba de las fábricas como “casas del terror”. Los vampiros New Age pasan por encima de esta posibilidad, sus empleados protestan al ser excesivamente bien pagados. Un sentimiento de culpa que transfigura los mecanismos de adquisición. Ecología del espíritu. La misma entidad capitalista pero embellecida, atemperada, pacificada.
Franz Kafka está dispuesto en un lugar muy visible.
Los vampiros orquestan recorridos por ruinas históricas. Han vivido durante muchos siglos,
superaron la inquisición y ahora tocan guitarras eléctricas.
Sus memorias almacenan un imaginario de siglos. Uno de los vampiros es un poeta inglés que supuestamente perdió la vida hace cinco siglos durante una trifulca en una cantina. Christopher Marlowe. La mujer vampiro viaja con un maletín lleno de libros escritos en todos los idiomas, entre las crónicas históricas y los libros antiguos resaltan The infinite Jest de David Foster Wallace y Don Quijote de Miguel de Cervantes.
Son vampiros marcados por el consumo capitalista.
El capital es trabajo muerto que no sabe como alimentarse -como los vampiros- más que succionando trabajo vivo.
Sacia su apetito al costo de la vida.
Los vampiros de la película tienen mucho dinero en efectivo, fajas de dinero en efectivo que ofrendan dadivosamente a sus empleados. Viven en los tiempos orgiásticos del capital. Los vampiros son vida que emerge de la muerte que necesita más muerte para continuar siendo vida. Marx hablaba de las fábricas como “casas del terror”. Los vampiros New Age pasan por encima de esta posibilidad, sus empleados protestan al ser excesivamente bien pagados. Un sentimiento de culpa que transfigura los mecanismos de adquisición. Ecología del espíritu. La misma entidad capitalista pero embellecida, atemperada, pacificada.
20 de febrero / mi tiempo y un bicho del Word
Como cuando escribí aquel libro y pensé que un
bicho del Word había arrasado con todo
que se lo había llevado para siempre
Y entonces pensé en mi sangre, en mi respiración, en mi carne engastadas en el tiempo, en mi tiempo, que establece una figura signada necesariamente por el aliento de la pura carne, la pura sangre y la pura respiración, en mi tiempo
invertido en formar
en dar vida
a ese otro cuerpo textual
Un bicho del Word
como una invasión de langostas
Siempre se escribe con sangre.
No en vano Pocaterra decía
que si escribes con sangre comprenderás que la sangre es espíritu.
18 de febrero / Venezuela: el asesinato y la superestructura de la circulación de bienes
El más reciente intento de asesinato en el Target de Friendship en donde compro toallas húmedas para sacarme el maquillaje:
un hombre apuñala a una springbreaker en calidad de turista
pero no quería robarla, solo pretendía usarla como rehén porque estaba muy alterado y eso siempre me sorprende porque Venezuela es un país tan profundamente marcado por la superestructura de la circulación de bienes.
en Venezuela se ejerce el asesinato
especialmente como un hilo que sostiene algún tipo de praxis económica. Es el
intercambio de la fuerza de trabajo más rudimentario. El hombre invierte carne
y sangre de su cuerpo en convertir al otro en un puré de carne y sangre para
obtener los bienes materiales que ese otro ha obtenido invirtiendo carne y
sangre en condiciones regulares. Es miseria. Es deseo. Y se traduce a un drive
enloquecido. Una urgencia innata determinada biológicamente por alcanzar una
meta o satisfacer una necesidad. Una urgencia innata enloquecida. La
radicalidad de lo orgánico.
En cambio acá,
esa aparente desconexión entre medios y fines de la muerte. ¿Qué puede obtener un chico de otro chico al que ametralla en una escuela de Colorado? No le quita algo físico. Pero obtiene muertos. Es una praxis espiritual. Obtiene potencia. Algo muy rudimentario. Como los indios amazónicos guerreros que coleccionaban el recuerdo de los muertos que obtenían, el recuerdo de las personas que habían asesinado. Eso les otorgaba prestigio.
Coleccionaban mujeres que robaban y hombres muertos en la memoria.
En cambio acá,
esa aparente desconexión entre medios y fines de la muerte. ¿Qué puede obtener un chico de otro chico al que ametralla en una escuela de Colorado? No le quita algo físico. Pero obtiene muertos. Es una praxis espiritual. Obtiene potencia. Algo muy rudimentario. Como los indios amazónicos guerreros que coleccionaban el recuerdo de los muertos que obtenían, el recuerdo de las personas que habían asesinado. Eso les otorgaba prestigio.
Coleccionaban mujeres que robaban y hombres muertos en la memoria.
17 de febrero / Las clases y Bartolomé de Las Casas
El vendaval desfigura un paisaje de azoteas recortadas, puestas
en desorden en el cristal de la ventana panorámica. El cristal tiembla y las
azoteas se mueven de lugar, como una de esas figuras tridimensionales que se
transforman con el movimiento o según la perspectiva. Algo así como esos
paisajes de cascadas plásticas y brillantes, enmarcadas en neón fosforescente,
brotando en la pared de los restaurantes chinos. Nos ha tocado un salón del
piso 12. Generalmente, estamos confinados al salón del 15. El del sistema de
ventilación disfuncional. Ese en el que nos sentimos invariablemente como una
hilera de cerdos asados. No importa si es verano o invierno. Siempre nos
sentimos como una hilera de cerdos asados. Dispuestos alrededor del mesón,
medio quemados, con manzanas en la boca y rodajas de piña en el lomo, enredados
entre los cables de las laptops. El motivo cambia según la estación pero el
resultado es idéntico. En el verano, el aire acondicionado suena como un
tractor recorriendo el mesón o, más bien, triturando el mesón, llevándose por
delante todos nuestros cuadernos y libros. Ese ruido llevándoselo todo hasta
hacernos sentir maltrechos, caídos de las sillas, sin poder escuchar las
palabras que salen de los labios del profesor.
Corte a labios que se mueven en
mute. Un close up que parece eterno.
En el invierno, el problema es la
calefacción central intentando establecer una réplica dictatorial del infierno.
No hemos podido descubrir la manera de controlar el termostato. El aire caliente
nos quema las mejillas y hemos llegado a abrir el tragaluz durante una que
otra nevada, permaneciendo inmóviles al centro de la feroz intersección que se
forma entre la columna de aire helado y la de aire caliente. Nos estremecemos
levemente en los asientos cada vez que los frágiles, platinados, copos de nieve
aterrizan sobre nuestras cabezas. En una ocasión incluso probamos a encender el
aire acondicionado. Y entonces, se unieron en conspiración tiránica ese ruido
que se lo lleva todo y el aire caliente quemando nuestras mejillas.
Pero esta vez estamos a salvo de ese pequeño desastre académico.
Nos ha tocado un salón del piso 12. Por suerte es bastante
amplio. Bien iluminado. Cómodo. Con esa ventana panorámica en cuya superficie
se despliega el reflejo desordenado de las azoteas. Nos reunimos todos los
lunes para hablar sobre la conquista de América. Hoy conversamos sobre
Bartolomé de Las Casas. Un fraile al que imagino con la estampa de San
Francisco de Asís.
Me siento obligado… inicia el voto intelectual…
también a cerrar el
paso a la vía por la que tantos miles de mortales se ven arrastrados a la
perdición eterna, y a defender mis ovejas como prometí hacerlo incluso hasta
con mi muerte, por voto público y solemne, contra todos los lobos cristianos o
profanos que irrumpen en mi redil.
Bartolomé de las Casas estaba creando el activismo por los
derechos humanos. En las discusiones en tribunales teológicos, de debates
teológicos contribuía a alterar el sentido de la imagen del indígena. La guerra
era retórica. Uno de sus principales enfrentamientos fue contra Sepúlveda.
Refutó su opinión que pretendía que la guerra contra los indios era justa
porque estos eran bárbaros y faltos de política. De Las Casas lo mandaba
directamente al infierno. Sepúlveda había condenado su alma al torcer en la
doctrina Cristiana la idea de Guerra para poder extender las fronteras de la religión. Su opinión era contundente: fuego eterno para Sepúlveda. Maldición y karma. Bartolomé se ofreció a exponer el verdadero derecho por el
cual los reyes poseen el imperio del nuevo mundo. Tiene momentos muy
interesantes. Porque su manera de abordar el mundo, de justificar sus argumentos colisionan totalmente con
nuestra manera de percibir las cosas. Era sacrilegio negar la naturaleza
racional de los indígenas porque el espíritu santo nunca se había descuidado
dejando errar la naturaleza humana. Las de los indígenas eran ánimas
racionales. Una prueba, entre muchas otras, era que los naturales eran de buenos entendimientos al tener cabellos
negros, por esta ser señal de la perfecta
complixión del celebro.
Es una cita que intenta ser cientificista pero que en realidad es tomada de la biblia y se especifica con todo lujo de detalles
Lo de arriba es dicho de Alberto Magno sobre el Evangelio de Sant
Lucas, Missus est, en
la solución del antepenúltimo argumento, en la hoja décima, columnas 2 y 3.
Yo tengo el cabello negro. Muy oscuro.
Me pregunto si la anterior aplica a la corriente complixión de mi celebro.
Bartolomé de Las Casas era un héroe de la
memoria.
Habitaba en todos esos pliegos, esos
recortes de discursos. Memorizaba los discursos. Los citaba al momento
oportuno. Su principal deseo era recordar.
En fin que esta
clase de comentario sobre cabellos muy negros es acompañado de una observación sobre costumbres
gastronómicas que prueba que el uso templado de los mantenimientos es también
reflejo de que tienen buenos entendimientos porque rehuyen de los manjares que
impiden y embotan el entendimiento y hacen perder la memoria.
Uno de ellos es el carnero y todo animal no castrado, y las cebollas
quien mucho las usare a comer … no estará lejos de caer en la locura.
El pronóstico es determinante: las
cebollas te enloquecerán.
Afortunadamente los indígenas no ingieren estos alimentos y no pasarán jamás por la locura irremediable de las cebollas y los
corderos.
Parece siempre estar entregándose a estrictas descripciones científicas, en esta cita nos explica cómo funcionan los sentidos
perceptivos de estos seres:
parece que con la vista penetran los corazones de los hombres, y tienen
comúnmente los ojos hermosos. Oyen también muy mucho; huelen cualquiera cosa de
muy lejos, aunque sea entre los montes. Lo mismo es del gusto; y, cierto, dello
tenemos experiencia, y aquí no hablamos a tiento ni, como dicen, de coro. Item, el sentido del tacto
tiénenlo en gran igualdad, lo cual se muestra porque cualquiera cosa lesiva y
que pueda lastimar, así como frío, calor, azotes o otra exterior aflicción, muy
fácilmente y en mucho grado los aflige, angustia y lastima, mucho más sin
comparación que a nosotros y aunque a los más delicados que hay entre
nosotros, no obstante aun el traer los cuerpos y miembros desnudos al sol, a
los vientos y al agua, lo cual les había de causar ser duros y robustos y no
tener tan sensible y lastimable aquel sentido del tacto.
Y claro llegando al comentario paternalista y a veces inevitable,
regido por el sentido de la simpatía y la certeza en la conveniencia de la
cría. Algo así como esa animación de los niños humanos criados por los extraterrestres
azules, Draags, de “El Planeta Salvaje” de René Laloux: un clásico de la
animación europea de 1973.
Los Draags son una raza extraterrestre con forma humanoide, pero mucho más antigua, con piel azul, orejas como aletas de pez y enormes ojos rojos. Los Draags viven mucho más tiempo que los humanos - una semana Draag es equivalente a un año humano. Algunos Oms -humanos- han sido domesticados como mascotas, pero otros corren libres y salvajes y son exterminados de manera periódica. El trato de los Draags hacia los humanos contrasta por su alto nivel de desarrollo tecnológico y espiritual.
En un punto clave de la película, el Concejo de los Draags en la sede del gobierno discute sobre la regulación de la exterminación de los Oms salvajes o en la cría restringida. Las discusiones teológicas de Bartolomé de Las Casas son dobles de estas discusiones. Los tribunales de estos hombres antiguos me retrotraen hacia esa película de ciencia ficción. Una elipsis entre varios siglos de imágenes. Recuerdo entonces al
niño humano -el Om protagonista- con vestido de payaso, de muñeca, y pienso en la manera en que los indígenas eran exhibidos en Europa por las compañías conquistadoras. De las Casas usa las palabras más cute que podamos imaginar del español
antiguo:
todos comúnmente muy graciosos, lindos, alegres, cordecitos, vivos y
de borne indolis,que es
señal e indicio o significación de bondad de las ánimas dellos natural, y de
buenos entendimientos, y que se perficionarían si fuesen ayudados como parece
por muchos que crían y han criado los frailes
En "Planeta Salvaje" se revela que los Oms fueron encontrados en un planeta que
mostraba evidencias de vida civilizada. Las imágenes muestran también que
la Tierra estaba en un estado postapocalíptico.
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